García Marruz, Fina

Reseña biográfica

Poeta cubana nacida en La Habana en 1923.

Publicó sus primeros poemas en la década de los años cuarenta haciendo parte del grupo «Orígenes» al que también pertenecía su esposo Cintio Vitier.

En 1961 obtuvo el doctorado en Ciencias Sociales dedicándose desde entonces a la investigación literaria, colaborando con distintos medios en el campo de la poesía, el ensayo y la críticas literaria.

Su poesía ha sido traducida a diferentes idiomas obteniendo varios galardones entre los que se destacan: «La Orden Alejo Carpentier, la medalla «30 Aniversario de la Academia de Ciencias de Cuba», la «Medalla Fernando Ortiz» y «El Premio de Poesía Pablo Neruda» en 2007.

Entre sus publicaciones figuran: «Visitaciones» en 1970, «Viaje a Nicaragua» en 1987 y «Créditos de Charlot» en 1990 con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica.

A aquel vago delirio de la sala…

A aquel vago delirio de la sala

traías el portal azul del pueblo

de tu niñez, en tu silencio abríase

una lejana cena misteriosa.

Cayó el espeso velo de los ojos

y al que aguardó toda la noche abrimos.

Partía el pan con un manto de nieve.

Con las espaldas del pastor huiste,

cuando volviste el rostro era la noche,

todo había cambiado y sin embargo

en la granja dormían tranquilas las ovejas.

Al despertar…

Al despertar

uno se vuelve

al que era

al que tiene

el nombre con que nos llaman,

al despertar

uno se vuelve

seguro,

sin pérdida,

al uno mismo

al uno solo

recordando

lo que olvidan

el tigre

la paloma

en su dulce despertar.

Ama la superficie casta y triste…

“Sé el que eres”

Píndaro

Ama la superficie casta y triste.

Lo profundo es lo que se manifiesta.

La playa lila, el traje aquel, la fiesta

pobre y dichosa de lo que ahora existe

Sé el que eres, que es ser el que tú eras,

al ayer, no al mañana, el tiempo insiste,

sé sabiendo que cuando nada seas

de ti se ha de quedar lo que quisiste.

No mira Dios al que tú sabes que eres

-la luz es ilusión, también locura-

sino la imagen tuya que prefieres,

que lo que amas torna valedera,

y puesto que es así, sólo procura

que tu máscara sea verdadera.

Cine mudo

No es que le falte

el sonido,

es que tiene

el silencio.

Cómo ha cambiado el tiempo…

Amigo, el que yo más amaba,

venid a la luz del alba

Cómo ha cambiado el tiempo aquella fija

mirada inteligente que una extraña

ternura, como un sol, desdibujaba!

La música de lo posible rodeaba tu rostro,

como un ladrón el tiempo llevó sólo el despojo,

en nuestra fiel ternura te cumplías

como en lo ardido el fuego, y no en la lívida

ceniza, acaba. Y donde ven los otros

la arruga del escarnio, te tocamos

el traje adolescente, casi nieve

infantil a la mano, pues que sólo

nuestro fue el privilegio de mirarte

con el rostro de tu resurrección.

Como un romano

Quién sirve

como un romano

-ese monarca

natural- una cena?

A quién no merma

jamás su oficio

sino alegría?

Rey, Guerrero,

Oficiante,

y Padre siempre.

Quién

-como si mandase-

sirve una copa?

Cruz de palomas

Para Isabel, que me enseñó la basílica de San Clemente

(Mosaico del ábside, s. XII)

Creíamos que la cruz

era sólo de amargura

y ahora vemos las palomas

poblando sus travesaños.

(Verdad que es en San Clemente

y en el siglo de María.)

La cruz echa las raíces

de donde, en círculos magos,

nace la vida; los ciervos

beben el agua brotada

del Dolor; bajo su fronda

los hombres y las mujeres

se afanan en sus oficios,

y por las tablas nocturnas,

blanquísima, las palomas

caminan. Es su jardín.

Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna…

Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna

como a la casa de la infancia, a algunos

días, rostros, sucesos que supieron

recorrer el camino de nuestro corazón.

Vuelven de nuevo los cansados pasos

cada vez más sencillos y más lentos,

al mismo día, el mismo amigo, el mismo

viejo sol. Y queremos contar la maravilla

ciega para los otros, a nuestros ojos clara,

en donde la memoria ha detenido

como un pintor, un gesto de la mano,

una sonrisa, un modo breve de saludar.

Pues poco a poco el mundo se vuelve impenetrable,

los ojos no comprenden, la mano ya no toca

el alimento innombrable, lo real.

Del tiempo largo

A veces, en raros

instantes, se abre, talud

real y enorme, el tiempo

transcurrido.

Y no es entonces

breve el tiempo. Como el pájaro

al elevarse abarca con sus alas

un diminuto pueblo o costerío,

la inmensidad de lo vivido arrecia,

y se mira remoto el ayer próximo,

en que el pico ávido bajaba

en busca de alimento.

¡Qué eternidad

de soles ya vividos! ¡Y qué completa

ausencia de nostalgia! Para crecer

se vive. Para nacer de nuevo

y rehacer la mala copia original.

Para crecer, se sufre. No se quiere

volver atrás, ni tan siquiera al tiempo

rumoreante de la juventud.

Que no para que el rostro

luzca lozano y terso se ha vivido.

No para atraer por siempre con el fuego

de la mirada, no con el alma en vilo,

por siempre se ha de estar.

De cierto modo

la juventud es también como una cierta

decrepitud: un ser informe,

larva, debatíase, qué peligrosamente

amenazado. Se vivió. se salió,

quién sabe cómo, del hueco,

de la trampa:

valió el otro

del bosque de la vida, el pleno encanto

de los claros del sol entre lo umbrío

para pagar su precio: lo tanto

costó poco; poco el sufrir inmenso

para esta dádiva: al rostro

orne la arruga como el pecho la cinta coloreada

de un guerrero

o como al niño la medalla premia

por la humilde labor.

Como el avaro

el peso de un tesoro, encorva

la espalda anciana el peso

del vivir.

Mas ya, arriba,

a la salida, ya, se mira

hacia atrás sonriendo, renacido,

como agrietada cáscara el polluelo,

ya se van desligando las amarras,

del extraño navío, y como novio trémulo

locamente lo incierto hace señales.

costó dolor, muerte costó, la vida.

Y al tiempo, breve o largo, siempre corto,

como el relámpago del amor, se le mira

ya sin recelo ni amargura

como a las heridas de la mano, en el arduo

aprender de su oficio,

contempla el aprendiz.

Bella es toda partida.

El que solía visitarnos, el que era…

El que solía visitarnos, el que era

de todos más amado, suave vuelve

a la sala sencilla, cada día

más real y más leve, ya de humo.

¿Cuándo tocó la puerta? No podemos

recordarlo. Estaba allí, estaba!

Y no se irá jamás ni puede irse.

No nos trae la memoria las palabras

del adiós. Sólo podrá volverse

por la puerta de un ruido, de un llamado

de ese mundo que borra, ignora y vence.

Huésped me fue palabra misteriosa…

¿No sentías que ardía tu corazón

cuando nos hablaba de las Escrituras?

Los peregrinos de Enmaús

Huésped me fue palabra misteriosa.

Huésped es el que viene de muy lejos,

de algún pueblo que nunca habremos visto.

Huésped es el que viene por la noche,

toca la aldaba de la puerta y todo

el umbral resplandece como nieve.

Huésped es quien se sienta a nuestra mesa

sólo por una noche, y no se acierta

sino ya a oír lo que su boca dijo.

Huésped es el que alegra con su rostro,

y alumbra con sus manos nuestro pan,

y no logramos recordar su nombre.

Huésped es el que ha de partir, al alba.

Italia

En Roma,

la Madona.

En Florencia,

la Doncella.

La Pasión,

en Venecia.

Amica mea.

La Pietà de Miguel Angel

A Dinorah

Ay, es como una luna,

esos delgados miembros sostenidos

por la madre, ahora poderosa,

más allá del dolor.

La mano sosteniéndolo la arruga

levemente la piel bajo los hombros.

La otra, de reina, parece que mendiga.

No llora ya: ofrece al Hijo

que quisiera mecer,

a su pequeño inmenso

que quiso lo inaudito.

Ay, es como la fina

luna menguante.

Los extraños retratos

Ahora que estamos solos,

infancia mía,

hablemos,

olvidando un momento

los extraños retratos

que nos hicieron.

Hablemos de lo que tú y yo,

por no tener ya nada,

sabemos.

Que esta solitaria noche mía

no ha tenido la gracia

del comienzo,

y entré en la danza oscura de mi estirpe

como un joven tristísimo

en un lienzo.

Mi imagen sucesiva no me habita

sino como un oscuro

remordimiento,

sin poder distinguir siquiera

qué de mi pan o de mi vino

invento.

En el oscuro cuarto en que levanto

la mano con un gesto

polvoriento,

donde no puedo entrar, allí me miras

con tu traje y tu terco

fundamento,

y no sé si me llamas o qué quieres

en este mutuo, extraño

desencuentro.

Y a veces me parece que me pides

para que yo te saque

del silencio,

me buscas en los árboles de oro

y en el perdido parque

del recuerdo,

y a veces me parece que te busco

a tu tranquila fuerza

y tu sombrero,

para que tú me enseñes el camino

de mi perdido nombre

verdadero.

De tu estrella distante, aparecida,

no quiero más la luz tan triste

sino el Cuerpo.

Ahonda en mí. Encuéntrame.

Y que tu pan sea el día

nuestro.

No, no, memoria del pasado día…

No, no, memoria del pasado día

vengas sobre este sol y césped santo.

No vuelva yo a invocar refugio tanto

de lo que así se crece en despedida.

Quédeme tu intemperie y mi porfía

de caer, de volver de nuevo a alzarme,

no la raída pasamanería

que alza mi polvo y que tu luz deshace.

No me hartes de mí que hartazgo tanto

no soporta mi poca luz vencida.

Mas mi ayer fue tu hoy: no halle quebranto.

Volver a lo pasado no es mi ruego…

¿Pero y aquel aroma de la vida?

Retenga su promesa, no su fuego.

¡Oh vosotras, lámparas del otoño!

Here is a wind where the rose was

Walter de la Mere

Oh vosotras, lámparas del otoño,

más fragante que todos los estíos!

¿Por qué ha de ser aquel que devenimos

con el tiempo, más real, menos efímero,

que aquel que fuimos a tus luces pálidas?

¿Por qué el polvo desierto, la agonía

junto a las armas bellas, quedan sólo

del resplandor de la victoria? Lejano

es todo vencimiento. En otro espacio

sucede, más allá del moribundo

rostro que hunde la gloria y deja ciego

junto al viento que lleva las banderas

espléndidas que huyen.

Fiera es toda victoria.

Qué caprichosa y exquisita mano…

¿Qué caprichosa y exquisita mano

trazó, eligió ese gesto perdurable,

lo sacó de su nada, como un dios,

para alumbrar por siempre otra alegría?

¿Participabas tú del dar eterno

que dejaste la mano humilde llena

del tesoro? En su feliz descuido

adolescente ¿derramaste el óleo?

¿Qué misterio fue el tuyo, instante puro,

silencioso elegido de los días?

Pues ellos van tornándose borrosos

y tú te quedas como estrella fija

con potencia mayor de eternidad.

¿Quién no conoce ese sendero en sombras…

Since I haye walk’d with you through shady lanes…

Keats

¿Quién no conoce ese sendero en sombras,

ese continuo hablar, interrumpiéndose

el uno al otro amigo, en el gozoso

diálogo hasta la puerta de la casa,

servida ya la cena? ¿Quién no escucha

las nocturnas pisadas en la acera

tornarse más opacas al cruzar por la yerba

que nos trae al amigo, al bien llegado?

¿A quién, ya tarde, no le cuesta mucho

despedirse y murmura generosos deseos,

inexplicables dichas, bajo los fríos astros?

Retrato de una virgen

Ella no sabe bien lo que ha pasado.

Él era su amigo, y ahora

le ha dicho adiós.

¡Ella que lo veía

como el padre, el esposo

que iba a ser!

Ahora pasea con otra,

van riendo.

Ella no entiende

pero se ha quedado

quieta, como quien espera

una orden, o como el agua

antes de recoger la imagen

del rostro amado.

No se ha entregado al llanto.

No tiene una alborotada

imaginación. Sigue

yendo a sus clases. Cuida

cosas pequeñas: las libretas,

la raya en el orden, igual

que el pelo al levantarse.

Hace lo mismo que antes,

sólo un poco más triste.

La luz que la abandona

la dibuja un momento.

No sabe que está sola.

Ese ignorar la guarda.

Sabores

Es una trattoria

de callecita apartada

en nuestra primera noche

de Roma. Barre el portal

un niño de Amicis.

Anota el padre la orden,

la madre, al fondo, cocina.

Consuela la minestrona

de frío y fiebre.

Entramos al corazón

de la familia.

Sarcófago de los esposos

En Villa Giulia.

(S. VI a. de C.)

Sosteniendo las copas

invisibles,

familiarmente, eternamente juntos

en el lecho

de la fecundación y de la muerte,

serenamente lúcidos

y sonreídos

(con un “sorriso triste”, como dijo

el niño a la maestra que indicaba

con tímida dulzura tanta gloria),

vosotros lo afirmáis hermosamente:

No sólo el imposible

amor,

también las nupcias consagradas

vencerán a la muerte.

Gracias,

esposos grávidos, etruscos no,

celestes,

brindando por nosotros.

Si mis poemas todos se perdiesen…

Si mis poemas todos se perdiesen

la pequeña verdad que en ellos brilla

permanecería igual en alguna piedra gris

junto al agua, o en una verde yerba.

Si los poemas todos se perdiesen

el fuego seguiría nombrándolos sin fin

limpios de toda escoria, y la eterna poesía

volvería bramando, otra vez, con las albas.

Una cara, un rumor, un fiel instante…

Una cara, un rumor, un fiel instante

ensordecen de pronto lo que miro

y por primera vez entonces vivo

el tiempo que ha quedado ya distante.

Es como un lento y perezoso amante

que siempre llega tarde el tiempo mío,

y por lluvia o dorado y suave hastío

suma nocturnos lilas deslumbrantes.

Y me devuelve una mansión callada,

parejas de suavísimos danzantes,

los dedos artesanos del abismo.

Y me contemplo ciega y extasiada

a la mágica luz interrogante

de un sonido que es otro y que es el mismo.

Una dulce nevada está cayendo…

Una dulce nevada está cayendo

detrás de cada cosa, cada amante,

una dulce nevada comprendiendo

lo que la vida tiene de distante.

Un monólogo lento de diamante

calla detrás de lo que voy diciendo,

un actor su papel mal repitiendo

sin fin, en soledad gesticulante.

Uno vuelve a subir las escaleras…

Uno vuelve a subir las escaleras

de su casa perdida (ya no llevan

a ningún sitio), alguien nos llama

con una voz querida, familiar.

Pero ya no hace falta contestarle.

La voz sola nos llama, suficiente,

cual si nada pudiera hacerle daño,

en el pasillo inmenso. Una lluvia

que no puede mojarnos, no se cansa

de rodear un día preferido.

Uno toca la puerta de la casa

que le fue deparada a nuestras manos

mortales, como un tímido consuelo.

Y cuando el tiempo torna impuro un rostro…

Y cuando el tiempo torna impuro un rostro,

una vida que amamos en su hora

cierta de dar, por siempre más reales

que su verdad presente, lo veremos

cuando lo rodeaba aquella lumbre,

cuando el tiempo era apenas un fragmento

de un cuerpo más espléndido, invisible.

Todo hombre es el guardián de algo perdido.

Algo que sólo él sabe, sólo ha visto.

Y ese enterrado mundo, ese misterio

de nuestra juventud, lo defendemos

como una fantástica esperanza.

Y lo real es lo que aún no ha sido…

Y lo real es lo que aún no ha sido!

Toda apariencia es una misteriosa

aparición. En la rama de otoño

no acaba el fruto sino en la velada

promesa de ser siempre que su intacta

forma ofreció un momento a nuestra dicha.

Pues toda plenitud es la promesa

espléndida de la muerte, y la visitación

del ángel en el rostro del más joven

que todos sabíamos que se iría antes

pues escogía el Deseo su sonrisa nocturna.

Y sin embargo sé que son tinieblas…

Y sin embargo sé que son tinieblas

las luces del hogar a que me aferro,

me agarro a una mampara, a un hondo hierro

y sin embargo sé que son tinieblas.

Porque he visto una playa que no olvido,

la mano de mi madre, el interior de un coche,

comprendo los sentidos de la noche,

porque he visto una playa que no olvido.

Cuando de pronto el mundo da ese acento

distinto, cobra una intimidad exterior que sorprendo,

se oculta sin callar, sin hablar se revela,

comprendo que es el corazón extinto

de esos días manchados de temblor venidero

la razón de mi paso por la tierra.